Un despacho que empieza a hacer publicidad descubre lo mismo casi siempre: llegan muchos más contactos de los que esperaba y casi ninguno sirve. Gente que busca una consulta gratis y no piensa contratar a nadie. Asuntos fuera de tu especialidad. Casos con el plazo pasado. Reclamaciones de trescientos euros que cuestan más de gestionar de lo que dejan.
Averiguar cuáles de esos cuarenta son los seis buenos se lleva días. Y los hace alguien que factura por horas, o el propio socio entre vista y vista. Mientras tanto, los seis buenos llevan dos días esperando respuesta y dos de ellos ya han firmado con otro, porque el mismo día que te escribieron a ti escribieron a otros tres despachos.
El resultado conocido: se paga un coste por contacto que en materias como accidentes o negligencias está entre los más altos que existen, y buena parte de ese dinero se gasta en conversaciones que nunca iban a ser un expediente.
El problema no es que lleguen pocos. Es que llegan sin filtrar y sin orden.